¿DÓNDE CARAJO ESTÁ JOSELITO?

Entre bailes y tambores, en un Carnaval donde la vida y la muerte se entrelazan, se oculta un enigma: Joselito, el fugitivo que desafía al tiempo y renace en cada fiesta.

Por: Carlos Rodríguez Polanco.

Aquella mañana del cinco de diciembre se veía extraña; el cielo estaba encapotado y no parecía ser la antesala del día de las velitas. Juan Martínez, desde el umbral de su casa, miraba absorto el ir y venir de la gente, que se preocupaba por temas tan diversos como las fiestas decembrinas y sus consabidos gastos, la posibilidad de que estallara la Tercera Guerra Mundial, quién sería el próximo campeón del fútbol e incluso si se podía seguir organizando la fiesta de grado porque el pelao tenía el año embolatado. Él, por su parte, seguía haciéndose la misma pregunta que lo había perseguido casi toda su vida: ¿Dónde carajo está Joselito?

Juancho, como cariñosamente lo llamaban sus amigos, es un costeño de tradiciones arraigadas y con alma de detective. Había compartido con sus amigos más cercanos su inquietud por dar con el paradero de Joselito Carnaval, pues, según él, resultaba imposible que cada martes de carnaval muriera tras el desenfreno propio de las fiestas, pero al año siguiente apareciera como si nada, para luego, simplemente, volver a morir.

Ya para esa época había descartado varias hipótesis, como aquella que vinculaba la “vida eterna” de Joselito con algún parentesco que podría tener con el Conde Drácula; asimismo, lo comparó con el Judío Errante, lo cual suponía también que, una vez terminadas las carnestolendas, él se iba a vagar por el mundo de fiesta en fiesta. Pero esta teoría también la descartó; definitivamente, era más viable pensar que Joselito simplemente perteneciera a una familia rumbera, recibiendo así la misión de presidir las festividades y que esta tarea fuera heredada de generación en generación.

Otro aspecto que Juancho tenía que determinar era: ¿Quién es en realidad Joselito? Puesto que, para algunos, era un obrero de clase media que trabajaba en una fábrica; otros aseguraban que tenía un puesto de chancletas en el mercado; y algunos se atrevían a decir que, para poder mantener el ritmo de gastos que supone el carnaval, era un empresario de la Vía 40. Aunque las tres presunciones eran viables, Juancho decidió averiguarlo por su propia cuenta, por lo que, durante el fin y comienzo de año, empezó a preparar lo que para él sería la cristalización de su proyecto de vida y la respuesta a la pregunta que lo había atormentado durante mucho tiempo: ¿Dónde carajo está Joselito?

Las premonitorias cabañuelas de principios de año lo ayudaron a planificar cuidadosamente la aventura que estaba por iniciar. La idea era asistir a todos los eventos del precarnaval y carnaval, con la ilusión de poder mirar frente a frente a Joselito y, así, despejar todas sus dudas. Definitivamente, ese era el único camino que quedaba; por ello, fijó como su primer destino el Ceremonial de la Muerte en Soledad.

Juancho, butifarra en mano, recorrió las principales calles del Municipio de Soledad, observando cómo los disfraces de muerte se dirigían hacia el Palacio Real y, una vez allí, se enfrentaban en un frenesí de danza y tamboras, en donde la Reina vence a la muerte y, por ende, queda con soberanía absoluta para presidir las fiestas. Conversando con los asistentes, se enteró de que este es un evento ancestral, rescatado hace pocas décadas y que marca el inicio de las carnestolendas en esa tierra. Llegada la madrugada, algunos le aseguraron que Joselito había estado presente; él no lo vio y reconoció, entonces, que por momentos se distrajo entre danzas y disfraces, prometiéndose que, al día siguiente, en la lectura del bando, estaría mucho más atento.

La Plaza de la Paz, en Barranquilla, empezaba a engalanarse; la prueba de sonido hacía presagiar que el evento sería apoteósico. Juancho pensaba que no podía ser de otra manera, pues este acontecimiento marcaba el inicio de las fiestas. Todo estaba preparado: él, vestido para la ocasión y aprovechando que había llegado temprano, se ubicó estratégicamente, con la esperanza de que esa noche podría hablar con Joselito.

El bando es una herencia de la época de la colonia; tiene su origen en las más antiguas tradiciones persas, griegas y romanas, y se dice que fue leído por primera vez en 1881 por quien, en ese entonces, fue designado como Rey Momo: José Enrique de la Rosa, quien, en forma de verso, lo oficializó a través de un decreto: “Yo, José Enrique de la Rosa, de renombrada memoria que he conquistado en la historia la página más gloriosa con mi lengua estrepitosa y con el invencible acero, hoy le digo al mundo entero que mi vandálica grey, proclamándome su rey, me nombra José I”. ¿Era entonces este personaje el propio Joselito Carnaval?, se preguntó Juancho.

La oscuridad de la noche se convirtió en el cómplice perfecto de disfraces, comparsas, grupos musicales, mono cucos y arlequines, que engalanaron la tarima donde la reina central leyó un jocoso bando que le dio licencia a propios y extraños para el goce y el desenfreno total. Juancho, extasiado con el derroche de talento y magia sin igual, escuchó a lo lejos a un grupo de amigos decir que Joselito había ido por unas frías; por ello, se salió rápidamente del trance en el que se encontraba y se dirigió raudo al punto de venta más cercano, donde le preguntó a uno de los vendedores si, efectivamente, había visto por ahí a Joselito. A lo que el hombre contestó: “Ya se fue…”.

Al día siguiente, en la soledad de su habitación, se preguntaba si aquel Joselito era el mismo que buscaba o simplemente un tocayo del misterioso personaje. En su mente aún retumbaban los tambores y llegaban ráfagas de los momentos sublimes de la maravillosa puesta en escena del bando. En ese instante, su esposa lo llamó para revivirlo con una sopa de pollo y, entonces, pensó que la próxima semana, en el Viernes de Reina, sería la vencida.

Después de la lectura del bando, todos los viernes del precarnaval –cuando no hay evento tradicional– la reina central organiza templetes en los barrios más populares de la ciudad. Allí se presentan artistas y se dan cita los rumberos de la comarca. A esto se le denomina Viernes de Reina.

La tarea para Juancho esta vez no era nada fácil, pues, por lo apretada de la agenda carnavalera, se habían organizado tres tarimas, lo cual hacía más difícil su misión. Decidió, entonces, hacer un recorrido por el barrio Abajo, uno de los sectores más populares de la ciudad y con gran tradición rumbera. De allí partió hacia la Cancha del Barrio Nueva Granada, donde gozó y se contagió de la alegría propia del recochero que tira maicena y espuma y ofrece tragos a propios y extraños, para terminar, entrada la madrugada, en la cancha del barrio Simón Bolívar, donde encontró a la Reina bailando al ritmo de champeta, constatando que, en aquella noche de goce sin igual, tampoco había encontrado a Joselito.

La izada de bandera es un evento que, tradicionalmente, realizan las cumbiambas de la ciudad. Allí se hace una exaltación a la cultura y, con ella, la cumbia –su majestad e invitada de honor–. La Gigantona, uno de los grupos más representativos de la ciudad, había organizado su evento en el popular parque Olaya, donde se dieron cita la Reina, el Rey Momo, todas las cumbiambas, todos los grupos de millo y, especialmente, todos los cumbiamberos de los más recónditos lugares, quienes, al son del afamado grupo Canalete, se extasiaron al ritmo de la flauta de millo, el Guache y el llamador.

Juancho estuvo muy atento aquella noche; bailó en la rueda de cumbia y disfrutó hasta el cansancio, pero siempre permaneció alerta por si, al ondear de los sombreros y con el calor de las velas, se presentaba Joselito. Estaba seguro de que aquel mítico personaje no se resistiría a tan magnífico espectáculo, expresión del goce popular y epicentro de la alegría. Al amanecer, y con los primeros rayos de sol despuntando en el oriente, se fue a descansar con la convicción de que cada vez estaba más cerca de cumplir su propósito.

Nuestro intrépido detective recorría la ciudad, escudriñando en cada rincón, observando de pies a cabeza a los transeúntes, buscando en cada rostro a Joselito. Así inició un periplo por los pueblos del Atlántico, donde se vive el carnaval: Puerto Colombia, con su Sirenato de la Cumbia; la tradición del Millo en Juan de Acosta; y, por supuesto, el Reinado Intermunicipal en Santo Tomás fueron algunos de los destinos visitados por él, quien disfrutó de la gastronomía y de la calidez de una gente que, con la música, la maicena, la espuma y el licor, hizo de aquellos días una maraña de sensaciones encontradas, que iban desde el éxtasis y el goce total hasta la agonía de no poder encontrar a Joselito.

En los albores del siglo XX, el popular Barrio Abajo de la ciudad de Barranquilla dio inicio a lo que hoy conocemos como la Guacherna. En ese entonces, los cumbiamberos del sector aprovechaban el fresco de la noche para ensayar y, cuando la luna se ausentaba, utilizaban faroles para iluminar el entorno. Con la llegada de la electricidad, esta costumbre se fue perdiendo. En 1974, la Novia de Barranquilla, Estercita Forero –quien acababa de llegar de Cuba, donde presenció un desfile nocturno adornado con faroles– rescató esta tradición y, desde entonces, la Guacherna se ha realizado de manera ininterrumpida, consolidándose como uno de los desfiles más vistosos de las carnestolendas. La misma Estercita compuso una canción para este desfile multicolor, la cual tararean propios y extraños…

Faroles de luceros, girando entre la noche
La brisa es un derroche de sones cumbiamberos
Locura de colores, las calles de Curramba
Tambores de parranda, ahí viene la Guacherna
Viene la Guacherna tremenda pa’ gozar
Viene la Guacherna, me envuelve en su compás
Reina de los barrios, reina del carnaval
Comparsas, mochilas y abarcas tres puntas…

Un torbellino de alegría envolvía las calles y carreras; una mezcla indescriptible se apoderaba de cada ser en una ciudad convulsionada por el carnaval. El recorrido, por sí solo, partía la ciudad en dos: la movilidad era casi nula, pero a nadie parecía importarle.

Empresarios, trabajadores, amas de casa, jóvenes y adultos… en fin, todos querían participar del jolgorio, por lo que resultaba imposible pensar que Joselito no iba a estar presente. La pregunta, entonces, seguía siendo: ¿Dónde encontrarlo?

Juancho se ubicó estratégicamente con el fin de presenciar todo el berroche. La alegría, las comparsas multicolores, las luces y el desenfreno total se apoderaron de todos los asistentes; el desfile avanzaba y, con una maravillosa luna barranquillera como testigo, decidió abandonar la comodidad de la silla y aventurarse al desfile mismo, fundiéndose en las entrañas del carnaval e indagando aquí y allá sobre el paradero de aquel personaje. Algunos lo tomaron con burla y le ‘mamaron gallo’ hasta el cansancio; otros, por el contrario, le daban indicaciones que lo hacían verlo en cada rumbero, en cada bailarín, en cada borracho, en cada asistente que disfrutaba la gran Guacherna. Aquella noche, tampoco fue, pero ya viene la Coronación de la Reina… ¡imposible que no esté allí!

Para la coronación de la Reina no había ni una entrada, por lo que Juancho tuvo que acudir a un revendedor, quien, sin tanto alboroto, lo ubicó estratégicamente en un palco delante de los palcos (así son en Barranquilla). Aquella noche, disfrutó en primera fila del maravilloso vestuario de la Reina y del Rey Momo, así como de la presentación de artistas nacionales y extranjeros; compartió con personalidades de la ciudad e incluso con uno que otro futbolista del equipo Junior que estuvo por ahí. Buscó y buscó, y, a la salida, en un puesto de chuzos le dieron muchas pistas que, al final, no lo llevaron a ninguna parte.

La Noche de Tambó es una tradicional rueda de cumbia que nació a mediados de los años noventa y que antecede a los cuatro días de carnaval. Allí se rinde homenaje a los carnavaleros de todos los tiempos y se da rienda suelta a la danza, las letanías, la décima y otras manifestaciones artísticas propias de las fiestas del Rey Momo. Por supuesto, él asistió puntualmente, buscando en la multitud a aquel personaje que, otra vez, resultó escurridizo y no se dejó ver… pero, por fin, el carnaval había llegado y, ahí, sería la vencida.

Inician los cuatro días de jolgorio con la Batalla de Flores, el desfile emblemático y simbólico del Carnaval de Barranquilla, creado en 1903 por el general Heriberto Vengoechea para marcar la finalización de la Guerra de los mil días, un acontecimiento que ubicó a Barranquilla en la historia del mundo como ciudad innovadora, entusiasta y pacífica.

La duda carcomía a Juancho, pues no sabía si irse a un palco a observar todo el desfile o simplemente colarse y recorrerlo de punta a punta con la esperanza de encontrar a Joselito. Rápidamente, decidió confundirse en el desfile y, con disfraz de Mono Cuco, emprendió su cruzada hacia la Vía Cuarenta.

El sol canicular del medio día hacía que el sopor del disfraz fuera insoportable, pero la alegría que se vivía en el inicio del desfile hacía olvidar cualquier incomodidad. Allí convergían disfraces, comparsas, cumbiambas, carrozas, orquestas, artistas de la TV y, especialmente, toda la alegría del mundo, que parecía encapsulada y esparcida a la vez en aquel cumbiodromo; todo ello confirmaba que Joselito estaba ahí.

Sin darse cuenta, Juancho tarareaba “Te Olvidé”, el himno del carnaval, aunque también se había aprendido “Frutos del Carnaval”, de Cuco Valoy. Cantaba y bailaba al son de la música de Dolcey Gutiérrez, de Aníbal Velázquez, del Joe, del Checo, de Bananas, de Alfredo Gutiérrez, de Diomedes y de tantos otros artistas que han enriquecido el carnaval. El desfile arrancó, y Juancho se lo disfrutó de punta a punta, buscando a Joselito en cada disfraz, en cada carroza, en cada palco y, en fin, en cada asistente al carnaval de Barranquilla.

La verdad es que ni él mismo sabía que tenía tanta resistencia, o tal vez solo la había desarrollado en el precarnaval: de rumba en rumba, de fiesta en fiesta, de desfile en desfile, de búsqueda en búsqueda. Los días siguientes fueron un torbellino de emociones; su recorrido no paró: fue de “KZ en KZ”, de baile en baile, de sancocho en sancocho. Asistió puntualmente a la Gran Parada de Tradición, a la Coronación de la Reina Popular, al Festival de Orquestas, a los barrios, a los municipios, al sur, al norte, arriba y abajo, y por fin entendió aquello de “quien lo vive, es quien lo goza”.

El martes había llegado; Joselito había muerto nuevamente y, en la calle 84, fue su sepelio. Presenció entonces un cortejo fúnebre diferente, de música, carcajadas, letanías, burlas, con muchas viudas alegres, grupos folclóricos y, especialmente, un público con ganas de seguir rumbeando. Él no pudo hallarlo; sensaciones encontradas recorrían su ser. Sabía que no había dejado nada sin hacer, pero aquella duda, a diferencia de su vida misma, seguía intacta, y la pregunta volvía a surgir, tal vez ahora con más fuerza: ¿Dónde carajo está Joselito?

Sentado en un taburete en el patio de su casa, preso de un guayabo eterno y con sus finanzas seriamente afectadas, Juancho habría de recordar cada detalle de su aventura, pensando entonces que Joselito no estuvo en ninguna parte, pero que, a la vez, estaba en todos lados: le estrechó la mano, le dio un trago, le echó espuma y lo bañó en maicena; estaba disfrazado, era un bailarín, presentador de tarima, vendedor de frías, o tal vez lo tropezó en un restaurante, en una venta de fritos, acaso era un taxista o atendía en una cantina. ¿Cómo sobrevive? ¿Cómo muere? ¿Cómo resucita? Ahora son más las preguntas que las respuestas. El próximo año será la vencida… y, en el próximo carnaval, seguramente descubrirá: ¿Dónde carajo está Joselito?

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